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Los problemas del sexo

       

Los problemas del sexo

Los problemas del sexo

¿Cómo? ¿Que los problemas del sexo no existen? No nos hagamos las sorprendidas. La respuesta es sí, ¡los hay! Las palabras sexo y problemas en ocasiones aparecen en la misma frase, y aunque nunca se hable de ello o es algo que solo les ocurre a personas ajenas a nuestro entorno.

En muchas ocasiones intentamos evitarlo o decorarlo para que no suene tan grave. Hablamos de situaciones difíciles o simplemente pensamos “si no lo digo ni lo pienso, no es real”. Pero no nos engañemos, los problemas del sexo existen aunque no nos guste o nos hayan inculcado desde nuestra más tierna pubertad, de forma lenta pero progresiva,  que el sexo es algo que funciona solo, que se hace como se tiene que hacer. Vamos, que simplemente fluye…

Pero al escuchar esto automáticamente pienso: fluir ¿el qué? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué? Pero… ¿y si aparece dolor, desgana, no entra, eyacula antes de tiempo (o peor aún, ¡ni se le levanta!), hay rechazo, asco, no llego(a)…? Llámame tiquismiquis, pero lo cierto es que no todo fluye sin más. Cuando entras en contacto con la realidad, nada es como nos han vendido y el drama se apodera de nosotros.

¡Pero que no cuando el pánico!, seguramente muchas pensaréis, ¿y qué es todo esto? ¿Por qué es importante definirlo?

Pues porque asumir qué es lo que está pasando (no tanto como ponerle etiquetas, aunque a veces es necesario) nos ayuda a concretar para empezar a avanzar, para resolverlo, redefinirlo, hacerle frente y buscar alternativas. Y como no, a no dejar que vaya a mayores (como hemos dicho es el primer paso, no el último).

En ocasiones estos problemas son la punta del iceberg. El problema subyace de algo más profundo como un conflicto difícil de hacerle frente. Y pelearse con el síntoma no ayuda a resolverlo. Al contrario. Lo que hace es agravar la situación en sí.

En muchas ocasiones, el síntoma aparece en forma física, pero el problema ataca al órgano sexual por excelencia: ¡el cerebro! Pongamos un ejemplo: por un lado, cuando las ganas nunca aparecen, cuesta arrancar y simplemente es preferible hacer cualquier otra cosa antes que ponernos manos a la obra. ¿Cuál sería la primera hipótesis sobre esto? ¿Mi pareja ya no me atrae? No nos precipitemos, en muchas ocasiones, antes de banalizar la desgana, hay que valorar cómo se encuentra la persona en este momento vital: ¿demasiado estrés? ¿Malestar en la relación? ¿Un época triste o difícil? Nuestra vida fuera de la cama puede afectar e influir a lo que pasa bajo las sábanas (o encima de ellas).

Y para cuando necesitemos ayuda, recordar que existen profesionales especializados en este ámbito, que pueden guiarnos cuando se nos enquista ¡o no vemos la solución!

Publicado el 30/1/2016

       

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